Introducción
La Guerra Cristera en México comenzó el 31 de julio de 1926, cuando el episcopado mexicano decretó la suspensión del culto público en protesta por la Ley Calles. Este conflicto armado se extendió hasta 1929, cuando se firmó un acuerdo entre la Iglesia y el gobierno.
Contexto y causas
La Constitución de 1917 estableció restricciones a las iglesias y prohibió la participación política del clero. En 1926, la Ley Calles reformó el Código Penal para limitar el número de sacerdotes y prohibir la educación y vestimenta religiosa pública. Como respuesta, el clero suspendió los cultos y cerró templos el 31 de julio de ese año.
Inicio del conflicto
Ese mismo día, católicos defendieron sus templos cuando agentes del gobierno intentaron tomar posesión de ellos. Los primeros enfrentamientos armados ocurrieron en Puebla, Torreón, Guadalajara y Sahuayo. Campesinos y civiles católicos formaron el bando de los cristeros para defender su fe, principalmente en Jalisco, Guanajuato, Michoacán y Colima.
Desarrollo y consecuencias
Durante tres años, la Guerra Cristera dejó decenas de miles de víctimas y combatientes caídos. Las mujeres organizaron redes de apoyo logístico y defensa de espacios de culto clandestinos. En Sonora, el conflicto continuó después de 1929 debido a la gubernatura de Rodolfo Elías Calles, quien mantuvo acciones represivas contra católicos.
Acuerdo y cierre
El 21 de junio de 1929, la jerarquía católica y el gobierno de Emilio Portes Gil firmaron un acuerdo que permitió reabrir los templos bajo un nuevo entendimiento legal. A pesar de ello, durante años la Guerra Cristera fue omitida en los libros de texto oficiales, debido a la relación del fundador del PRI, Plutarco Elías Calles, con la represión.
Memoria histórica
Actualmente, la Iglesia y la sociedad católica buscan rescatar la memoria de la Guerra Cristera a cien años de su inicio. Los obispos mexicanos han aclarado que no conmemoran una guerra ni exaltan la violencia, sino que recuerdan las realidades del conflicto y solicitan justicia y reconocimiento para los mártires.
“Queremos decirlo con toda claridad, para que nadie se equivoque ni instrumentalice nuestra palabra. No conmemoramos una guerra ni celebramos una victoria; no exaltamos las armas ni idealizamos la violencia, de dondequiera que haya venido. No convocamos a la revancha, no alimentamos el resentimiento y no ponemos esta memoria al servicio de ningún proyecto político ni partidista.”
