La relación entre México y Estados Unidos ha estado marcada por intervenciones políticas mutuas a lo largo de la historia. Mientras México ha criticado la injerencia estadounidense, también ha tenido episodios de influencia en otros países.
En 1821, tras la independencia de México, el embajador de Estados Unidos, Joel R. Poinsset, apoyó una rebelión contra el emperador Agustín de Iturbide, que llevó a la presidencia de Guadalupe Victoria. Este episodio refleja la influencia extranjera en la política nacional desde los primeros años del país.
Durante la Guerra de Reforma en 1858, Benito Juárez solicitó apoyo a Estados Unidos para enfrentar al general conservador Miguel Miramón. Este respaldo fue clave para la victoria liberal, aunque implicó acuerdos como el tratado McLane-Ocampo, que contemplaba la construcción de un canal por parte de Estados Unidos, proyecto que no se concretó debido a la intervención francesa.
En 1923, el presidente Álvaro Obregón recibió ayuda estadounidense para enfrentar la rebelión de Adolfo de la Huerta, lo que derivó en la firma de los Tratados de Bucareli, que permitieron la participación de Estados Unidos en la explotación petrolera mexicana.
Por otro lado, México también ha intervenido en asuntos internacionales. En 1957, la inteligencia mexicana detectó entrenamientos subversivos de Fidel Castro y Ernesto “Ché” Guevara en territorio nacional, lo que facilitó su salida hacia Cuba para iniciar la revolución que derrocó a Fulgencio Batista en 1959.
Durante el gobierno de Luis Echeverría (1970-1976), México mostró simpatías hacia movimientos socialistas y gobiernos como el de Fidel Castro en Cuba, además de brindar apoyo a exiliados chilenos tras el golpe contra Salvador Allende.
En años recientes, con la administración de Andrés Manuel López Obrador, el país ha participado en foros regionales de izquierda, como el Foro de Puebla, que agrupa a partidos políticos latinoamericanos con ideologías afines.
