La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta común para que jóvenes expresen sus emociones y busquen consejos sobre problemas personales. Según datos, el 52% de los adolescentes entre 13 y 17 años utiliza algún tipo de IA para asesoría o conversación.
Aunque la IA puede explicar conceptos y proponer ejercicios como respiración y mindfulness, no tiene la capacidad de conocer toda la historia ni el contexto de una persona. Tampoco puede observar el lenguaje no verbal ni realizar una evaluación clínica, por lo que no está capacitada para diagnosticar trastornos como depresión, trastorno por déficit de atención (TDA) o trastornos del espectro autista.
El uso de IA puede generar una falsa sensación de atención profesional y retrasar la búsqueda de ayuda especializada. Además, existe el riesgo de compartir información personal y emocional con sistemas cuyos algoritmos podrían utilizar esos datos para mostrar contenido o productos relacionados.
Especialistas señalan que prohibir la IA no es la solución. Recomiendan que los padres conozcan cómo funciona la inteligencia artificial, comprendan sus límites y acompañen a sus hijos en su uso. Es importante establecer acuerdos sobre el uso de dispositivos y redes sociales sin romper la confianza ni convertir la supervisión en censura.
Fortalecer la comunicación familiar es clave para evitar que los jóvenes busquen respuestas en otros espacios. Se recomienda normalizar en casa el diálogo sobre tristeza, ansiedad, frustración y la necesidad de acudir con un profesional.
La IA no puede reemplazar el vínculo humano ni la atención psicológica profesional. El reto es aprender a utilizarla de manera responsable, sin delegarle la capacidad de reflexionar sobre las emociones ni sustituir a un especialista.
